Monday, September 8, 2008

Mi Utopía Más Real

Mis veinte minutos de homenaje a mis Hadas que velaron mi sueño (mis hadas son las cosas de la vida…interna y mi amor por la Vida que me inspira…tanto) -Cynthia, amiga,no me cobres por tomarme la licencia poética de “hadas”.

Contemplativas, se quedaron respondiendo a mi pedido de reserva. Más que pedido, fue un ruego. Más que un ruego, un verdadero grito: ¡tregua! Y es que aquello de que te hablen al oído permanentemente puede llegar a ser enloquecedor, te diré circunspecta.
A veces, claro está, la locura te aporta sus satisfacciones. Puedes, por ejemplo, decir las verdades más osadas sin temor a herir. Total, el absurdo se indulta asimismo en una rabiosa perspicacia de lo oscuro, de lo ajeno, de lo que habita fuera de todo parámetro…
Y allí se encuentran ellas, pequeñas flores de inspiración. Algunas huelen a jazmines que endulzan mi céfiro. Otras, tienen sabor a rosa mosqueta (de qué te has perdido si todavía no has probado el dulce de rosa mosqueta que hace Doña Clota…si, la que vive en Bariloche; donde los dúctiles laten…). Todas esas deliciosas criaturas me rocían con exquisita ternura las fibras y me empujan a crear…a crear…y a seguir creando.
Van borrando con sus alas despacito y subyugantes las líneas de los límites que el tiempo y los preconceptos marcan. Da miedo…porque es mejor tener todo domesticado y eso de soltarle las riendas a la imaginación puede ser devastador…encantadoramente devastador.
A veces, claro está, ventilan mi entraña de efluvios dolorosos. Como cuando me conecto con el sufrimiento ajeno. Y es tanto el padecimiento, que se torna insoportable. Porque se multiplica y se potencia a la vez en los poros de mi piel, en las ranuras de mi mirada. Ahí, ahí mismo donde se cuelan y escapan los silencios…
Esos mutismos balsámicos que emanan inciensos reparadores. Y te rozan, te rozan en el centro: justo donde se encuentra el impulso autodestructivo humano con el de autoconservación. Y se dan la mano, para seguir acechándose mutuamente.
Querida vena lírica que marca su territorio en mi piel: las musas. Ellas me respetan, si. Y también se cansan de esperar sentadas. Una, hizo un bolso con todos los textos que no fueron ni serán y se marchó sin saludar. Otra, la más pequeña y traviesa, comenzó a correr por la casa (hasta la perra se inquietó) y ya no se dejó atrapar…La más blanca me miró nítida, comprensiva, compañera, fiel e impoluta: profética. Un poco más indiscreta, la última, comenzó con un tenue murmullo que fue conduciendo con sagacidad hacia un impertinente cotorreo: rebelde! A ella le envié un oficial para que le leyera sus derechos (por esto de que “tiene derecho a permanecer callada…”). Pero ella lo sedujo, lo envolvió con su canto de sirena y lo transformó en poeta.
Hicimos un pacto: no las nombro. No les pondré nombre. Porque sería apropiarme de su esencia, apegarme y esclavisarlas.
_¿Una copa de vino, amor?_me dijo mi Lord de los caminos de vuelta a la cordura, mi señor del cable a tierra, mi canal.
_No sé, tal vez me haga mal…si ya escribo esto sobria y frugal, no sé que pueden hacer unas gotas de alcohol en mi sangre...¡kaboom!
Y es así que terminé escribiendo este relato, que camina en la cornisa de la incoherencia mientras deja la huella de una verdad: la fragilidad de la naturaleza humana…

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