Tuesday, January 3, 2017
Navidad
Paulina, ojos bandoneón, guardaba en la colina de sus sueños una memoria borrada esperando surgir. La noche que habitaba entre sus días desde entonces, empañaba su mirada como esponjas incrustadas en la raíz de su centro.
Entrando a la despensa de Don Julio, hundió su mirada en el bolso para guardar las llaves.
Pagando, se hallaba un hombre de unos 40 años, de facciones angulares y rígidas como el dolor anclado en su mandibula.
_Quédese con el cambio- dijo Carlos frente a la caja. Quería salir cuanto antes de allí. Todo olía a Navidad; y ese aroma, le apuñalaba el alma. Habitualmente, era una punzada aguda que duraba un par de semanas (pero ardía doce meses; justo, entre sístole y diástole). Apuro el paso, chocando con Paulina _Disculpe_ titubeo notablemente apenado.
_Fue un accidente_ respondió gentilmente Paulina deslizando sus dedos por la frente.
Carlos fijó su mirada (y su pensamiento) en los ojos despejados de Paulina. Había algo en sus palabras, en su rostro, en todo ella; que le resultaba demasiado familiar. Caminó unos metros y regresó al local de Don Julio (y al aroma que tanta tristeza le crecía entre los músculos y los huesos). _Carlos, mi nombre es Carlos y estoy de paso una semana por trabajo. Descortés de mi parte no haberlo mencionado antes.
Ella sonrió asintiendo. _Paulina, vivo en este pueblo desde que recuerdo. Bueno, lo que recuerdo.
Carlos frunció el seno intrigado por las palabras de Paulina y por la manera que quemaban sus entrañas con una sensación que, pese a su edad, no llegaba a definir con nitidez.
_Fue hace diez años_ afirmo ella con la nostalgia acurrucada entre ceja y ceja_ no recuerdo bien los detalles, pero desde ese día, me despierto en mitad de la noche con la imagen de un rombo y muchos otros bosquejos difusos pero fuertes y tenaces como toros_ Se alejó por un momento tratando de bajar las barreras que su palabra había levantado sin saber. Anteriormente, no habría hablado de algo tan personal con un desconocido; disculpe. Carlos dejo de sonreír súbitamente. Con el hielo de piel, se excusó y volvió a dirigirse a la salida.
Esa semana, Carlos se encaminó a la oficina de una firma de abogados que le habían recomendado para llevar una demanda contra el seguro que él había contratado para su auto. Ingresando al despacho, enfocó su mirada en la mujer sentada detrás de una elegante mesa de pino. Detrás del escritorio, se encontraba Paulina. Sonrió con tristeza y se disculpó nuevamente _Perdón, no creo que sea conveniente que _ giró bruscamente y se marchó sin terminar la frase.
Paulina lo siguió unos diez minutos hasta encontrarlo en el cementerio. Se acercó y leyó como un golpe certero: “Manuela, querida, te vamos a extrañar hasta tu luna. 2007-2011”
_Fue un accidente, fue un accidente_ repitió Carlos al registrar su presencia abrazándola con fuerza y calidez.
Ella recordó a un hombre de facciones angulares llevando de la mano a una niña de unos cuatro años con la vida de oreja a oreja, el sol en el rostro y un conejo de peluche en la otra mano; también, al pequeño de unos doce años, caminando hacia ella. Sintió, entonces, el frio del cuchillo en su cuello; vio un rombo tatuado en el mango del cuchillo; escuchó los pasos apurados del hombre de facciones angulares, la frenada, los gritos… antes de la oscuridad. _Fue mi culpa_ murmuro con un hilo de aire.
Carlos, sin dejar de abrazarla, la beso en la frente. _Fue un accidente_ Repitió. _Yo le solté la mano, ella se asustó, la mujer no pudo frenar… me costó cargar con esa culpa por años, y aún, lo sigo haciendo. Me separé, ya no era el mismo. Me mudé lo más lejos que pude. Pero la vida me trajo una década después acá, y en Navidad. Tal vez, para dejarla ir, para encontrar algo paz, o para ayudarte a encontrarla. No lo sé.
Entre las sombras de una memoria encontrada (y un dolor liberado, permanecieron unos minutos suspendidos para dejarse ir, para dejarla ir; mientras las luces titilaban y los primeros pasos de dos vidas cruzadas, dejaban su huella fresca hacia la superación.
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