Cierra los ojos, pequeña, y calla.
Cuando no encuentres salida a tus conflictos, si los tienes, y tus hombros pesen más que esa montaña que ves tan ostentosa. Cuando sientas seca tus entrañas y deshidratada tu alma, que crece en silencio, y los valles sean valles y las nubes sean nubes y ya no veas más allá de lo que puedes. Deja entrar la vida en ti.
No hay nada que no sepan las montañas, susurrándote al oído. No hay calidez que acaricie con tanta suavidad (ni belleza tan pura y trasparente). No tengo legado para arar ni más voz que haga eco. No alcanzan los brazos cuando el tiempo se escapa entre los dedos. Pero ella permanece y se alzará con humildad de tierra, de roca, de aire, de fuego. Y ojalá, mi vida, ojalá que nunca necesites preguntarle a las montañas (con esa espina Borgiana del pecado más duro) por qué no has podido ser feliz. Pero, si te besa en la cien la cintura de la vida, sube hasta la cima y siente la brisa, y mira hacia abajo… hacia delante; y podrás percibir en la pequeñez que nos ubica su alma, que gritamos y ella besa con su sabia madurez.
(escuchando "Ask the mountains" Vangelis).
Saturday, September 11, 2010
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